Lily de Valdez: “Yo hablo con los muertos y ellos conmigo”

 

Dejó de trabajar para una empresa transnacional y optó por dedicarse a ayudar a vivos y muertos, gracias a su don de mediumnidad. Lo posee desde niña y ahora ha escrito un libro donde habla de ello. Aquí, Local Times conversa con ella. Una etrevista publicada en LOCAL TIMES en 2014.

 

Por Jorge Sierra

“Yo no miento, no digo cosas que no son, ni voy a ponerle paños tibios a la vida. Yo hablo con los muertos y es una realidad. Yo hablo con los muertos y ellos hablan conmigo”, afirma esta médium contemporánea, de voz dulce y hablar elocuente, de porte elegante y alta, que responde al nombre de Lily de Valdez. Recién el jueves 9 de agosto, en el auditorio Santillana presentó su primer libro Yo hablo con los muertos, un texto dedicado a explicar su experiencia de comunicarse con facilidad, y tal vez con naturalidad, con personas ya fallecidas. Esta vez, Local Times conversa con ella, en su reposada casa, rodeada de antigüedades como también de mucha luz, y donde ella con toda la paciencia del mundo explica los intríngulis de ese don que, dice, Dios le regaló.

Usted asegura que desde que descubrió tener esa facultad temía ser incomprendida. ¿Eso no le causaba sosiego?

Le voy a hacer una analogía para darme a entender. Un niño no sabe que es ciego hasta que otros dicen lo que miran. A mí me pasó todo lo contrario. En mi inocencia de niña yo miraba algo más y me decían: “Nena, ahí no hay nadie”; y yo pensaba: “Ah, qué raro. Sí hay alguien”. Mi inocencia, mi verdad de niña me decía: “Ahí está. Si él no lo ve, es su problema”. Como cualquier niña, tenía un poco de miedo, porque mis hermanas lo agarraron de chiste y jugando decían: “Ahí está el fantasma”. Yo pensaba: “Yo no lo miro como fantasma, pero tenía duda ¿y sí son fantasmas?”. Entonces comencé a cerrar la puerta de las aulas, a buscarlos antes de que me acostaran. Rezaba una oración propia, que creé para el Ángel de la Guarda, a San Miguel Arcángel, al Corazón de Jesús, al Señor de la Capilla. Y cuando llegaban, yo que he sido muy platicadora, conversaba con ellos y entonces pensaba: “Así se hacen mis amigos”. Recuerdo a uno, yo lo miraba anciano, y como viejito es sinónimo de abuelito. ¿Y los abuelitos qué hacen? Leen cuentos. Entonces le decía: “Mira, para que no me asustes, leéme un cuento. Contáme un cuento”.

—¿De qué edad hablamos?

Desde cuando tengo memoria, 5 o 7 años. En mi libro verá que sucedieron cosas en mi vida que me avisaron que tenía dones, pero que eran algo personal. De hecho, no sabía que veía auras. Yo pensaba que todo el mundo los miraba. Es hasta los 20 y pico de años que me doy cuenta que no.

En la década de los años setenta tuve la oportunidad de ver la película Eyes of Laura Mars, que es la historia de una fotógrafa que veía premoniciones de asesinatos, pero ella sufría con ese don, no podía convivir con ello. ¿Es ese su caso?

No, jamás. Por algún motivo acepté tener este don. Todos aceptamos nuestra vida, nuestra misión. Al principio decía: “No sé si merezco tenerlo”, porque soy una mortal con todas las buenas y las malas de cualquier persona. Un día fui a un curso y la persona que lo impartía me dijo: “¿Puedo hablar contigo?”, sí, le respondí. Se acercó: “Tú eres especial. Tienes un aura increíblemente grande. Tienes el don de premonición”. Y le pregunté: “¿Y usted cómo sabe eso?”, “Es que de algún modo soy como tú. Mas no tengo mediumnidad. Y tú si tienes una mediumnidad muy limpia, que es difícil de encontrar. Entonces te lo sentí”. “Pues sí” le respondí, “y no sé si me lo merezco”, complementé. Fue entonces cuando me dijo con firmeza: “Por favor, nunca vuelvas a repetir eso. Dios no le da nada a nadie que no lo merezca”. Desde ese momento dije: “Bueños Señor, no hay duda que me quieres un montón. Me mandaste una herramienta divina”. Desde entonces nunca repetí eso, lloré y lo acepté.

“En mi inocencia de niña yo miraba algo más y me decían: “Nena, ahí no hay nadie”; y yo pensaba: “Ah, qué raro. Sí hay alguien”…

En forma automática

—Acepta tenerlo, pero ¿ese don actúa consciente o inconscientemente? Permanece todo el tiempo. Yo no muevo nada. De hecho, no los llamo. Son ellos los que me utilizan a mí.

—O sea ¿no hay un switch de On y Off?

He aprendido a apagar la antena parabólica, si es que así se le puede llamar. Como me dijo un día un sacerdote: “No te preocupes. Todos tenemos antenas, más tú tienes una parabólica. Ahí entra todo”. He aprendido apagarla. Soy humana y tengo que vivir una vida humana. Si estoy en una fiesta, por ejemplo, aunque me pregunten, por regla general la apago. A veces me consultan: ¿Cómo está mi aura?, me río y respondo: “Tu aura es tan personal como tú. Y no te lo voy a decir aquí, ni tampoco se lo voy a decir a nadie. El aura guarda cosas tan personales, que uno no tiene que exponerse a que la gente lo sepa”. El aura no es como la gente cree y lo veo desde chiquita. Mi guía espiritual (al que llama Chus) siempre me dijo que el aura es energía, y la energía cambia dependiendo de cómo estoy, de cómo me siento, de lo que digo o hago, por tanto, no puede ser que haya nacido con un color y muero con el mismo color de aura, porque entonces, dónde está mi crecimiento, mi cambio. Yo veo tantas cosas en el aura, de si está enfermo, si tiene problemas, todo, todo se refleja en el aura.

—Usted a los 25 años tomó el coraje y decidió hacer pública su capacidad. ¿Qué le llevó hacerlo?

Yo había tenido muchos avisos pero no estaba preparada. En ese momento de mi vida, lo acepto porque me estrenaba como mamá. Había nacido mi hijo. Y fue en esos días que supe de una niña de 13 o 14 años perteneciente a una familia política querida, que había sido secuestrada. En ese instante pienso y siento lo que la madre sentía y de lo que hacía, y enseguida me dirijo a Dios: “Señor, si tu me regalaste este don, ayúdame por favor a encontrar a esa niña para que no le hagan daño”. Automáticamente fui a donde estaba la niña y estuve con ella toda la noche. Pusimos una clave.

—Y a partir de ahí, comenzó a ayudar a las personas.

A partir de ahí. Al principio ayudaba en todo, no había filtro. Era como el recién graduado que cree que todo lo sabe, que todo lo puede. Era como un juego el asunto y no cobraba ni un centavo. La gente quería hablar conmigo y me dejaba plantada. No almorzaba por esperar al alguien porque tenía que ir trabajar.

—Pero usted sí se lo tomó en serio.

Yo sí. Llegó un día en que mi guía me dijo: “Momento”. Y mi esposo me dijo: “Amor, ya basta”. Es que ellos también daban tiempo de su vida. El poco tiempo que tenía después del trabajo, ellos encima lo compartían para que ayudara. A veces a las 10 de la noche venía un carro para que fuera a auxiliar a alguien. Y ellos, en su afán de respetarme, lo permitían. Hace diez años conocí a alguien que es mi hermano espiritual y me dijo: “Los dones que tienes son dones preciosos, pero la gente tiene que respetarlos y valorarlos”. Entendí que cuando la gente viene aquí, eso tiene un costo. Y no es el dinero como tal, es el compromiso de que es algo serio. Tienen que venir y aparte venir convencidos.

“Las almas cuando necesitan comunicarse se comunican. El espacio de ellos y el nuestro, es distinto. Lo que para usted pueden ser cien años de vida, para ellos son 10 minutos”.

Constancia personal

—¿Usted sí puede constatar que habla con los muertos?

Yo no constato nada. Lo que sí puedo decirle es que hasta la fecha, cada una de las comunicaciones me maravilla. E igual, que cada una de las personas que viene a hablar con un familiar ya fallecido le dice cosas tan puntuales, tan personales que constatan que la que vino es la persona que ama. Yo digo cosas a veces que hasta me dan pena. Yo pienso: “¿Y cómo le voy a decir esto?”. Y cuando le repito tal cual escucho lo del fallecido, la otra persona abre los ojos y pone una cara de “¿Quién más que él me podía decir eso?”. Porque lo saben.

—¿Se puede saber cómo es una sesión con un muerto?

Así como hablo con usted ahorita.

—Pero ¿existe algún requisito, por ejemplo, una foto, una pertenencia del difunto…?

Las almas cuando necesitan comunicarse se comunican. El espacio de ellos y el nuestro, es distinto. Lo que para usted pueden ser cien años de vida, para ellos son 10 minutos. Por eso es que podemos volver a juntarnos. Porque no importa cuándo hayan muerto, si ellos necesitan comunicarse. Por eso digo, yo no decido, ellos deciden. Y ellos traen a la persona aquí.

—¿Qué utilidad concreta y práctica tiene hacer un contacto de esta naturaleza?

A que sepan, por ejemplo, cómo fue el accidente o lo que les causó el daño, para que no culpen a nadie o no se culpen así mismos. Los seres humanos somos excelentes en los “hubiera”, “Si yo no le hubiera dado el carro a mi hijo esto no hubiera pasado”. Mentira.

—Los hubieran, no existen.

No existen. Si yo hubiera tenido ruedas hubiera sido bicicleta o carro. No. Las cosas suceden porque tienen que pasar en el momento preciso. No podemos cambiarlo.

—El tema karmático.

Exactamente. Muchas veces uno se presta de medio para causar ese tipo de cosas, pero es para cambiar un nivel vibratorio de aprendizaje y enseñanza. De todo lo que yo hago, recibo de vuelta. Eso nadie puede quitárselo encima. Si doy amor, recibo amor, si doy odio recibo odio, y aunque no lo quieran creer tarde o temprano llegará. Lo que pasa es que como humanos somos bien chulos porque hacemos las cosas y después nos preguntamos: ¿Y por qué me pasó a mí? Pero la verdad es que todo estamos aprendiendo y enseñando.

—Para concluir, usted en su página tiene ese frase que dice: “Somos parte del universo y el universo es parta nuestra” ¿qué significa?

Eso es nada más ni nada menos que nuestra alma es de Dios, de ese Gran Universo de Amor, que si nos prestó este pedazo para hacerlo vivir feliz y crecer tenemos que entender que todos somos parte de lo mismo. El no querer a alguien es no quererme a mí, el no respetar es no respetarme a mí. Si me respeto me quiero, me cuido a mí mismo, voy a cuidar a todos los demás que son parte de mí y de mi universo. Ahora sé que soy dueña de esa parte de mi universo y que yo permito o no que la gente me lastime, que yo permito o no que las cosas me afecten, que yo permito o no lastimar a los demás.

“A que sepan, por ejemplo, cómo fue el accidente o lo que les causó el daño, para que no culpen a nadie o no se culpen así mismos. Los seres humanos somos excelentes en los “hubiera”…
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